Friday, December 16, 2016

Cuando las familias se resisten a que sus hijos crezcan: Hiperpaternidad

La sobreprotección de padres y madres puede ser un problema grave que, además, se da por medio mundo, desde Finlandia hasta EEUU.

Autor: Saray Marqués (*)

 “Si cuidamos mucho a un niño, en vez de un árbol tendremos un bonsái”, plantea el doctor en Psicología y Ciencias de la Salud Javier Urra. “Tenemos que darles amor y, desde luego, seguridad, pero también ponerles límites, plantearles dilemas, regalarles retos… dejarles crecer en libertad y en autonomía. Los padres helicóptero no ejercen de padres, no dejan que cometan errores, se manejen en la duda y la incertidumbre”.

El primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, figura que se fundó en 1996, suele mostrar la situación actual en el mundo rico recurriendo a la típica estampa de una comida familiar: “Antes, el niño se sentaba donde le decían y el abuelo, la abuela, tenía un lugar fijo en la mesa. Ahora el niño se sienta donde quiere y el abuelo, donde le dejan”.

¿Qué ha pasado en este tiempo? ¿Qué ha ocurrido entre los ochenta, cuando los niños convertían la advertencia del ascensor “Impidan que los niños viajen solos” en “Pidan que los niños viajen solos” y hoy, en que una universitaria estadounidense, encerrada en un ascensor de una facultad de Barcelona, decide llamar a su madre con el móvil, a Miami, que moviliza a la central de la universidad en Chicago y ésta a la de Barcelona para que le abran la puerta? ¿Por qué ha pensado en su madre antes que en el botón de alarma?

Generación ‘millenial’

Esta anécdota, que relata Eva Millet en su reciente Hiperpaternidad  (Plataforma, 2016), revela bien la deriva de una corriente, procedente de EEUU, “que se empieza a percibir a principios de este siglo, cuando la generación millenial -que se hace adulta con el cambio de milenio- ingresa en la universidad, y los responsables de la matrícula ven que llegan acompañados de sus padres para hacer los trámites, algo inaudito, por lo que tenía la universidad de rito de iniciación en la edad adulta”, analiza Millet. “Los niños híper -hiperprotegidos, hiperestimulados, hiperasistidos- se convierten en jóvenes que pasan más tiempo pidiendo ayuda para que un adulto les resuelva el problema que resolviéndolo. Están hiperformados, pero sus padres, al haberles resuelto todo creyendo que así eran mejores padres, los han incapacitado”.

Estos niños ya han llegado a la Universidad, pero las raíces se remontan a sus primeros pasos en Infantil. Una excursión a la granja escuela, de dos días con su noche, ha dejado de ser vista como aventura por muchos de estos pequeños para devenir en trauma. “La impresión es que todavía con cinco y seis años dependen mucho de los papás y mamás para dormir. No es alarmante, pero sí vemos una tendencia a una mayor dependencia del adulto, niños que piden dormir en la misma habitación que la maestra, o que se han bajado del autobús y no han venido a la granja, pero no porque lloraran ellos, sino porque lloraba la mamá en la despedida. Observamos más casos de apegos excesivos y más prolongados en la edad”, resume José Carlos Tobalina, al frente de un centro de formación ambiental en la Comunidad de Madrid.

En cómo una sociedad educa a sus menores influyen muchos factores, y uno de ellos es el económico. Un estudio de 2015 del National Bureau of Economic Research, de EEUU, achacaba este afán de control sobre los hijos a la actual situación de crisis, en la que además se acrecientan las desigualdades. Para el profesor de Economía Aplicada de la Universitat de Barcelona Jorge Calero, la economía no es la única explicación, también hay que fijarse en el terreno sociológico, en la falta de tiempo de los padres, que introducen el término “tiempo de calidad”, en la edad a la que se tienen los hijos, ya no a los 20, sino entre los 30 y los 40, al menor número de hijos por motivos de trabajo, de fertilidad u otros, que “por la ley de la oferta y la demanda, hacen que cada uno de ellos sea más importante” y también la extensión, sobre todo en padres y madres con estudios superiores, de la necesidad de una estimulación precoz.

Así es como hemos llegado, analiza Calero, a la música clásica ya desde el vientre de la madre, a elegir escuela infantil pensando en la Universidad o a padres con el tiempo hipotecado por sus hijos, que programan el fin de semana absolutamente en torno a ellos. “Faltan puestos de trabajo, y la gente lo sabe, y estamos muy atentos a que los niños consigan unas habilidades desde muy pequeños que les orienten a los pocos puestos que hay. Y el hecho de que las familias estén tan volcadas con los niños desde tan pequeños, porque son pocos e importan mucho, ya sea para que consigan un puesto de trabajo o para que sean felices, da lugar a desigualdades adicionales en el sistema educativo, entre los niños de aquellas familias conscientes de la rentabilidad de estas inversiones muy iniciales y las familias a las que les da igual”.

Sin embargo, el profesor universitario desdramatiza un poco respecto a cómo llegan los chicos y chicas a las aulas universitarias: “Yo doy clase en 4º, y no puedo decir que les vea menos autónomos. De hecho, la única vez que vino una chica con sus padres a una revisión fue hace 20 años. Sí hay chascarrillos entre profesores: ‘Cada vez vienen peor…’, pero es algo que ya decían los griegos”.

Tipos de hiperpadres

Tampoco el término de “padres helicóptero” es algo nuevo. Lo acuñó el psicólogo infantil y pedagogo Haim G. Ginott en Between parent and teenager (1969), y la idea se la había dado un adolescente en su consulta, quejándose de cómo su madre sobrevolaba por encima de él “como un helicóptero”. Así lo recoge Eva Millet en su libro, que explica cómo en este tiempo la terminología se ha ido adaptando, tanto a la cultura como al grado o modo en que se da la hiperpaternidad.

Hay padres helicóptero pero también hay soccer moms (las mamás del fútbol, que llevan a sus vástagos de acá para allá, del cole a la extraescolar, a menudo a bordo de descomunales todoterrenos), los hay apisonadora (que allanan el camino a sus hijos), y que en los países nórdicos son padres quitanieves o padres curling (el juego que consiste en fomentar el avance de una piedra preparándole la pista con cepillos), están los padres guardaespaldas estadounidenses, que no toleran que ningún extraño toque a sus hijos, y los padres bocadillo latinos, que persiguen a sus pequeños por el parque, bocata en mano, hasta que se terminan su merienda. También abundan los padres animadores socioculturales, prestos a asistir a sus pequeños al mínimo: “Me aburro”.

En cuestiones climatológicas, obviamente, nuestro umbral en España es más bajo que en los países nórdicos o en el Reino Unido. Aquí somos mucho más del: “Ponte la chaqueta, no te vayas a poner malo”, o incluso de las huelgas de piscina en invierno y de los niños en patios cubiertos cuando hace menos de 2ºC o chispea (en Finlandia, debe haber menos de -30ºC, para que los niños no salgan al aire libre), pero, según Millet, nadie está libre de la hiperpaternidad: “También en Finlandia, Noruega y Suecia tenemos niños superprotegidos, como recoge el siquiatra sueco David Eberhard en su libro Cómo los niños han llegado al poder, pero allí es más por la deriva de la crianza respetuosa y con apego, que puede convertirse en una hiperpaternidad camuflada”. Para Millet, preguntar absolutamente todo a los niños -“¿Qué quieres cenar?”, “¿Dónde te quieres sentar?”, “¿Quieres un Dalsy?”- , confundir el hogar con una democracia, claudicar de nuestro papel de adultos, es un error.

Señales  para detectarlo

La periodista especializada en educación, con su blog educa2.info, da algunas pistas para saber si somos hiperpadres y si lo nuestro tiene remedio. Algunas preguntas clave son: ¿Le tiende o lanza su hijo la mochila cuando le va a buscar al cole, para que se la lleve? Es usted un padre mayordomo. ¿Habla usted en plural, dice “Hemos aprobado”, “Tenemos un examen”, “Hemos ganado el partido”? ¿Siempre tiene a mano una justificación para su retoño (“Es muy bueno, es que no ha dormido la siesta”, “Se enrabieta porque tiene una baja tolerancia a la frustración”)? ¿Si está hablando con un adulto y su hijo le pide algo no duda en interrumpir la conversación para dárselo? ¿No le importa desafiar al maestro, al profesor, al entrenador si algo no le gusta? ¿Tiene un plan trazado para él o ella y aun no ha cumplido los tres años? Es usted un hiperpadre de libro.

Patologías en los niños

De poner el foco en los niños, de hablar de “hijos tiranos”, los psicólogos han pasado recientemente a fijarse en los padres, con términos como los descritos. En algunos casos, como el de Millet, se aborda esta especie de locura colectiva desde el humor. Pero en ningún caso, sostiene la pedagoga Anna Ramis (www.annaramis.cat)  deberíamos centrarlo solo en los padres, “porque es un problema grave, pero de la sociedad, no exclusivo de ellos”.

Ellos, “hiperresponsabilizándose, están haciendo algo irresponsable” o, en palabras del psicólogo educativo Antonio Labanda: “Si su sobreprotección es excesivamente patológica se puede considerar incluso maltrato infantil”.

Hoy tenemos casos como el de ese niño que se cae en el patio y se queda inmóvil, alarmando a los educadores: “En realidad no le había pasado nada, simplemente, no sabía que no era capaz de levantarse solo”, analiza Millet. “Estamos frenando, limitando el proceso evolutivo del niño, creándole inseguridad, afectando incluso a la capacidad de flexibilización del pensamiento, a sus funciones ejecutivas, alterando o lentificando el proceso si no les dejamos tomar decisiones teniendo en cuenta su edad, no dándole tiempo de espera de consecución, dándoselo todo y dándoselo ya, y esto tendrá repercusiones en su vida”, asevera. La baja tolerancia a la frustración no es “una enfermedad incurable”, como ironiza Millet, se llega a ella.

Escuela Bressol Cappong (Lleida)

La resiliencia

“La idea que se nos vende de que tenemos que ser superfelices siempre”, prosigue Labanda, “es errónea”. “Dentro de un límite, conviene que el niño viva situaciones de la vida normal, que se enfrente a emociones desagradables adecuadas a un determinado contexto, para que tenga resiliencia”, concluye.

Este es para Urra el término clave, y pasa por “trasladarle al niño que el mundo no es un parque temático, que la vida no es Disney, y llevándole a jugar, pero también al mercadillo, al hospital, a la residencia donde está el abuelo con demencia senil… No ocultándole que existe la enfermedad, la tristeza, la melancolía, la depresión. Haciéndole ver cuándo han dicho una tontería, mostrándole que el ser humano es muy subjetivo y que lo que uno piensa no necesariamente coincide con lo que piensan los demás, enseñándole que la vida no es justa”. “Solo así”, concluye, “tendrá capacidad de sufrir y, tras ello, de volver a mirar la vida cara a cara”.

Esto que dice Urra es importante practicarlo, sostiene, desde muy corta edad. Hay que enseñar a los niños, y evitar la tentación de sobreprotegerles por “no quererlos ver sufrir, por querer disfrutarlos continuamente”.

Al afán de hacer de la crianza “una sopa de felicidad constante” añade Ramis el mensaje que nos bombardea de que “los niños son como esponjas”: “Sí, es verdad, porque cuando una esponja lo absorbe todo, supera su límite, deja salir lo que le sobra, y estamos sobrecargando a los niños”. Ramis se rebela contra la tendencia a cargar de estímulos, “pensando en adultos futuros, no en niños presentes”, apuntando a los niños que van a clase de inglés desde los cero años pero de los que no nos preocupa si ya se saben abotonar solos a los cuatro, o si ordenan su habitación y se duchan solos.

La salida, el ‘underparenting’

Frente a esto, Millet apunta una nueva corriente que empieza a vislumbrarse, el underparenting o sana desatención. En el libro expone casos de hipermadres que han dado ese giro (en alguna ocasión, con su tercer hijo), que, según Ramis, “pasa por inculcar la responsabilidad y saber un poco de psicología evolutiva: conocer qué le podemos pedir a un niño de dos, tres, cuatro años…”.

También para el pedagogo Francesco Tonucci es positiva una sana desatención: “En realidad, los padres que no dejan libres a sus hijos son conscientes de que lo están haciendo mal, de que los niños necesitarían más autonomía, la que ellos tuvieron y gozaron de pequeños. Saben que están privando a sus hijos de algo importante”, asevera.

Para él, un cambio puede partir del camino de casa al colegio (y del colegio a casa), lo que promueven desde su iniciativa La ciudad de los niños, que pretende fomentar la participación y autonomía de los menores. No es fácil, pero algunas ciudades, como Pontevedra, han visto cómo, a raíz del proyecto ‘A la escuela voy solo’, los niños están volviendo a la calle desde hace una década.

Tonucci cree que hay que repensar las ciudades, invertir las prioridades -primero los peatones, luego las bicis, luego el transporte público, luego los coches- y ve claros los beneficios para los niños: “Uno de ellos es que los niños que van a la escuela caminando solos tienen un nivel de atención más alto que si van en coche con los padres: el niño al que le han levantado, vestido, alimentado, preparado la mochila y trasladado en coche se va a “despertar” ya en la clase, y quizá le lleve un tiempo darse cuenta de dónde está y qué está haciendo. Otro, es que llegan más puntuales”.

La legislación, concluye, no siempre está de su parte: “En España no tenemos mayor problema, si la familia firma una autorización los niños -a partir de 1º de Primaria- pueden salir de la última hora e ir solos a casa, con la colaboración de adultos en pasajes complicados, con algunos comercios amigos… En Italia no es posible, pues se considera que los niños no pueden dejar la escuela si los padres no les están esperando o si no han delegado en otra persona mayor. Se considera abandono de menores, cuando esos padres simplemente piensan que están educando mejor a su hijo dejándolos más libres. Es absurdo, los padres deberían conjugar más el verbo dejar, deberían dejar más a los niños”.


(*) Encuentre más de la misma autora en eldiariodelaeducacion.com.

Artículo amparado con Lic. Creative Commons 4.0 de Fundación Periodisme Plural. 

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